silencio
Después de largas divagaciones, recordé. Quise preguntarle de manera sutil acerca de su decisión de retirada de las tablas, pero me puse nervioso y, tras hacerme un monumental lío, acabé llendo, sin apenas darme cuenta, al centro de la cuestión que me había llevado hasta allí.
- ¿Se considera usted maestro en algo?
No pareció nada sorprendido y contestó sin apenas pensarlo, con absoluta sencillez.
- En nada que yo sepa. Pero me gustaría ser maestro en el difícil arte de comunicarse con los otros sin necesidad de palabras, a través del silencio, algo así como leer en el pensamiento del otro y que al otro le suceda lo mismo con el tuyo.
- ¿Es una indirecta para que nos callemos?- intervino la señora de la esquina dejando de jugar con los posos del café.
- Por favor, no es eso. Creo que no me ha entendido. Adoro el silencio como idea o, si lo prefiere, como quimera. Entenderse sin palabras, qué maravilloso sería poder llegar a eso.
- De vez en cuando eso sucede- dije yo.
- De vez en cuando- dijo él.
Tomamos vino blanco en la inmensa cocina y la señora repitió la historia del suicidio del loro, y después habló del hombre que quiso hacer un cruce entre una paloma y un loro para que las palomas mensajeras hablaran. Y después se durmió. Se quedó derrumbada sobre la mesa.
- Demos un paseo- dijo él.
- Demos un paseo- dije yo.