mi odiador
Había perdido mi propia voz.
No sabía en verdad quiénes eran ni por qué habían acudido a mi en aquel frágil instante nocturno de miedo y aspirina, pero lo cierto es que alguien había convocado en mi casa las voces de diversos personajes que narraban pasajes de su vida.
Yo era ya uno y muchos. Eso me dije y, en mitad de la noche parisina, sentí un agradable estremecimiento, como una premonición de que las cosas, para mí, iban a cambiar.
Y así fue porque , por si fuera poco, al día siguiente bajo un cielo encapotado y un frío de mil demonios, mi odiador particular tomó la maleta y dejó la ciudad. Y con él, se fue mi mala sombra.