vieje a la mola la víspera del eclipse
De cómo mi primer y último viaje al mercado de La Mola fue de una espectacularidad mágica.
Una nube de pájaros sobrevolaba en círculo San Ferrán y los mosquitos habín salido de sus cuevas. El viento soplaba más fuerte que nunca y el mar y el cielo tenían un color extraño, y el mar hacía un sonido extraño. Apacible. La llegada al mercado, el paseo por él reconociendo a extraños y a menos, hablar y hablar, la música en el centro, las alpargatas verdes de ganchillo y, en la misma esquina que hace 17 años, la misma pareja de alemanes vendiendo garrapiñdas y sonrisas. 17 años sin pisar el mercado y el tiempo aquí se detiene. Cruzo la calle y entro en Can Toni. Café con leche servido por caras familiares y música con aires fonderos. Pregunto y aparece y me llevo los acordes y el cante de recuerdo. Una llamada con aires cordobeses y salimos del cuento para viajar de nuevo a San Francesc. El ambiente sigue extraño y guardo en mi cámara imágenes del molino y las higueras. Último viaje con la Paqui. Curvas y viento y pinos y caminos, todo cuesta abajo. Hasta el mirador. Primera parada de una vuelta alargada en el tiempo. Las dos partes de la isla por abajo y una lucha de nubes y sol por arriba, con Es Vedrá que se confunde con ellas. Motor en marcha y cuando acaban las curvas, el sol se ha convertido al rojo fuego y las nubes parecen dejarse llevar. El mar volvía a sonar extraño en Es caló. Los pájaros seguían sobrevolando y los mosquitos parecían haber llegado para quedarse. La llegada a San Francesc parece devolver a la realidad hasta que al girar la curva de la bugambilla, Vicente, el cordobés, dos copas y una botella de Moscatel y Hierbas esperan en el porche con una maleta en la puerta y al atardecer oscuro de fondo.
Era el día previo al día del eclipse.