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El tiempo pasa y no para todos igual...
He vuelto al chiringuito, aunque nunca me fuí y, en realidad, no estoy aquí del todo.
En este paréntesis de cientos de miles de infinitos acontecimientos en un pequeño espacio flotante en el mar, he aprendido más de lo que esperaba antes de moverme en esta itinerancia de viaje físico y psíquico.
Vi nacer y morir el sol en un cierre de 24 horas en vela, intenté estudiar la extraña morfología de las nubes y la lógica de la luna y sus movimientos y conocí cada una de las estrellas, supe gracias al vecino Vicente, marinero en tierra, que la loca de los gatos no habita solo en el chiringuito y que hay una aquí en la isla que se lleva a sus amigos, aprendí a tocar la flauta travesera y a sacar sonido de una tubería gris, me di cuenta que el cariño y el afecto recibido y dado no da tanto miedo como creía, conocí buenos y malos y malos que no lo eran tanto y buenos que lo eran mucho más, viví días de calas sin rumbo fijo y noches de fonda donde habitaban los mayores personajes, donde muchas veces descubrí la nada debntro de la nada y conocí a grandes personas mientras que reconocía a otras, viví un apagón isleño que se transformó en un espectáculo en el cielo y que acabó con velas en el suelo, visité el horno nocturno y me desperté con el sonido del mar, vi una lagartija de doble cola y descubrí que no era única que combinaba palabras sin sentido aparente, aprendí a decir cuentacuentos en africano (obiobak), que la martalada es una bebida brasileña, que el hecho de que haya tormenta no significa que vaya a llover, que un avión puede iluminar una isla con sus luces y que aún quedan barcos piratas, probé el pan de remolacha y supe que el ceviche es una manera de preparar el pescado mientras disfrutaba de los minutos de cultura culinaria con vistas al mar y acento francés, probé el vino de Formentera y viajé por caminos inimaginables a bordo de paquita sin saber dónde ni cuándo iba a dejar de funcionar, desayuné tostadas con tomate y aceite mientras que esperaba un café con leche que más de una vez venía transformado y me alimenté del menú más barato de la isla con ensalada siempre de primero, comí al lado de punkis con perros que no había asumido aún su cambio de rol de casa acomodada a vida en la calle, conocí a jipis de temporada y a jipis de corazón negro, conocí a timbaleros, palmeros y cantantes que venían del mar, me bañé en aguas claras y turbias y toqué peces y vi acantilados marinos, supe que es posible que te sobre un mes y que no sepas dónde guardarlo, descubrí a Galeano, leí a Hesse mientras escuchaba comentarios en mis paseos con él y por fin vi el hotel del millón de dólares un número de veces que no soy capaz de recordar, subí y bajé 5.8 Km cada día menos los lunes luneros que nunca sabía qué, ni cuándo ni dónde, disfruté del sonido de acordes mientras daba el abrazo más largo del mundo y las lágrimas escapaban sin encontrar de nuevo una explicación pero felices de ser liberadas.
Personas y personajes, máscaras y descubrimientos, un circo de buenos y malos con agua de por medio y caminos que llevaban a vacíos, luces y bailes de momentos y momentos guardados en espacios muchos de ellos por descubrir y otros muchos por recordar. Descubrí, en definitiva, que vivir en una isla en dejarse llevar por el vaivén de todo lo que flota y que los barcos no son solo para marineros ni la isla acaba en el acantilado ni el el horizonte variable. Que una isla tan pequeña funciona al ritmo de miles de historias que pasan por tu lado y algunas se quedan cerca, otras pasan a formar parte de la geografía isleña y otras pocas, las más importantes, se te quedan dentro para siempre.