rafael azcona
RAFAEL AZCONA Y LOS AVIONES DE PAPEL
Ayer, mientras volvía a casa y hacía zaping radiofónico, encontré a Rafael Azcona en la Ciudad Invisible.
Me quedé.
En ese momento hablaba de que no le preocupaba el operarse de cataratas para poder continuar leyendo cada noche unas páginas de cualquier libro. Era una rutina que se había impuesto y con la que disfrutaba. Lo que más le gustaba era coger libros de cuando era niño y releerlos para encontrar esa doble lectura o esos miles de significados que esconde cada párrafo y que cambian según quién los lea o en qué momento de su vida.
Intentó entonces explicar lo que significaba ser niño poniendo de ejemplo una historia real. Una historia de cuando estuvo alojado en un Hotel de la Via Bennetton de Paris, cuando pretendía encerrarse y aislarse para conseguir escribir un guión.
Bajó a la papelería de la esquina a comprar 500 folios para no tener que pisar la calle hasta haber conseguido escribir una historia más o menos interesante. Pasaban los minutos y no conseguía dar con lo que buscaba y, sin saber cómo, una secuencia de acciones le llevó a construir aviones de papel con los 500 folios que había comprado en la papelería de la esquina para no tener que pisar la calle hasta haber conseguido escribir una historia más o menos interesante.
Cogió los aviones y empezó a lanzarlos por la ventana, observándolos hasta que llegaban al suelo. Pero uno de ellos, debido quizás a eso que llaman bolsas térmicas o corrientes de aire caliente, no fue hacia el suelo sino que subió, subió hasta que se quedó dando vueltas en el centro de la plaza de la Via Bennetton. Rafael Azcona se quedó observándolo en el cielo azul y, cronómetro en mano, asistió a un vuelo de 17 minutos de un avión de papel blanco que buscaba su sitio entre el vuelo de las palomas negras.
De repente y sin saber como, una secuencia de acciones me hizo darme cuenta de que ya había llegado a casa.